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Poemas de CRISTIAN ARREGUIN

Foto del escritor: laolgaartista
laolgaartista
hace 1 día
7 min de lectura

LO QUE DIJO LA TELA

Dicen que uno se entera de la vida el día que le avisan que se va a morir. A mí me avisó una tarde cualquiera, por la chamba, con el rollo de tela a medio desenrollar y las tijeras abiertas sobre la mesa. No hubo trueno ni voz de arriba. Sólo que la luz de las cuatro se coló por la ventana del taller, de esas ventanas sucias que nadie lava por desidia, y cayó justo en mis nudillos. Ahí la vi. Sí, vi la vida, tal cual, hecha polvo de hilaza flotando, hecha pelusa de otros días que nadie barrió, y pensé: pues aquí estaba, ¿cuánto tiempo llevas aquí, cabrona?


Me tocó entender en seco que llevaba años cortando patrones sin ver la tela. Se me habían ido los meses midiendo, trazando, doblando, y nunca había pasado la mano por el algodón para saber que es tibio, que tiene un peso, que cada hebra se acuerda del campo. Qué ignorancia más cara. Los griegos le llamaron zoé a la vida que todos tenemos y bíos a la que se cuenta en las biografías, y yo, pobre sastre de mis horas, me la pasé dibujando la segunda sin haber probado la primera.


Se me quedó la cara medio idiota, lo sé, porque entró el jefe y me preguntó que si me sentía bien. Le dije que sí, que nunca mejor. Me miró como se mira a un borracho a las cuatro de la tarde, y ni modo. Que piense lo que quiera. Yo ya sabía algo que él no: que el sonido de las tijeras al morder es una especie de risa, que la máquina de coser tiene ritmo de cumbia lenta, que mis manos, estas manos manchadas de aceite y de tiza, son las únicas herramientas que me han sido fieles sin pedirme nada.


Esa noche, de regreso, el camión iba lleno de rostros cansados y yo los vi todos como si me los hubieran prestado por primera vez. Una señora se quedó dormida con la bolsa del

mandado abrazada, y de la bolsa asomaba un manojo de cilantro. Cilantro, neta. Tanto que hay en el mundo y a mí me da por llorar con el cilantro.

Será que uno nace cuando se da cuenta, y no antes. Entonces nací hace unas horas, con los dedos todavía pintados de gis, y vengo a pedirles nada más que un poco de paciencia mientras aprendo a caminar.


Déjenme este día

Los primeros días fueron pura aduana: el sudor frío, la cabeza llena de voces que querían negociar, el cuerpo regateando como en el tianguis, nomás una, nomás hoy, nomás para el cansancio. Yo les contestaba con lo que tenía, que era poco: agua, un pan, el teléfono de

alguien que sí contestó. Dicen que abstenerse viene de abstinere, mantenerse lejos. Yo lo entendí más bien como mantenerse de pie donde nada te sostiene, con las manos temblando y esa terquedad de piedra que uno no sabía que traía.


Al tercer día se me acabó el ruido. No de golpe, sino como se acaba el aire de una llanta, con un silbidito que uno confunde con la calma. Dormí catorce horas, quince, no sé, perdí la cuenta de las veces que me levanté nada más para volver a caer. Cuando abrí los ojos el techo

estaba ahí, sin movimiento, sin mensajes, sin la fiesta de teicopsias que le ponía yo ni mi migraña con aura de siempre. Un techo, nomás. Qué ofensa.


Nadie te cuenta que lo difícil no son las ganas de "eso". Es el aburrimiento total, el gris, la película en blanco y negro sin matices. Todo me sabía a cartón: el pan, la música, la cara de mi madre. Le pedía a mi cabeza una chispa y me contestaba con un bostezo. Anhedonia, le llaman, del griego: sin placer. Qué nombre tan limpio para algo tan sucio. Yo pensaba que me

habían robado el color, que alguien había entrado de madrugada a dejarme sin lo único que me alegraba. Y sí fue así, aunque el ladrón estuvo siempre adentro. Me quedé mirando mis manos, flacas, con las uñas mordidas hasta la queja, y pensé: qué mal administrador soy de lo

mío. Me gasté en meses lo que debía alcanzarme para años. Y el cuerpo no cobra con enojo, cobra con silencio, que es peor.


Al cuarto día, o quizá al quinto (el tiempo en esta fase es un animal sin hora), pasó una tontería: me llegó un olor desde la cocina y se me hizo agua la boca. Nada más. Un reflejo de perro, de recién nacido, de lo que sea que uno es antes de saber quién es. Me quedé quieto en

la cama escuchando mi propio estómago, ese idiota fiel que seguía pidiendo de comer pese a todo lo que le hice.


Me levanté y fui a la cocina. Mi madre había dejado un plato de caldo en la mesa, con la cuchara y el cuchillo cruzados, y no me preguntó nada. Se lo agradezco más que todos los sermones. El primer sorbo me supo a sal, a chile, a la mano de ella. Durante meses la comida fue combustible; ese día volvió a ser comida. Pensé en todas las veces que me la comí viendo

la pantalla, con el estómago cerrado y la cabeza en otra parte, y les tuve lástima a esos tipos que fui, tan ocupados en no sentir.


Entonces escuché el pregón del camote, la tele del vecino, el trapeador contra el piso. Estaban ahí desde siempre, esperándome, y yo sin darme por enterado, ocupado en ser el que no duerme, el que se cree más despierto que nadie cuando en realidad era el único dormido. Chale. Cuánto ruido bonito me perdí por andar buscando el otro.


No me siento victorioso. Me siento como el cuaderno que se cayó al agua y se secó chueco: sirve, pero ya no cierra igual. Hay noches en que el antojo me visita como un amigo viejo que sabe dónde vivo, y ya aprendí que no hay que abrirle la puerta ni pelearse con él, sólo dejarlo

tocar hasta que se canse. Hoy se cansó pronto.


No prometo nada. Ni a Dios, ni a mi madre, ni a mí. Sólo digo que hoy el mundo huele a caldo y suena a calle, que tengo las rodillas de gelatina y la boca seca, pero que estoy aquí, sin humo, sin cristales, descalzo sobre un piso frío que por fin se siente. Llevo siete y quiero llevar ocho. Que nadie me explique cómo se hace. Déjenme este día.


San Lázaro

Parece ser que nuestro lugar de encuentro será inolvidable. Cuando te dije, tenemos que vernos en un lugar intermedio, me refería al lugar físico, por supuesto, pero también, me atrevo a decir, al punto desde el cual podríamos valorar los sentimientos del otro. Como si aquel lugar que concordamos fuese nuestro punto medio y sólo nuestro. No importaban las demás parejas que prodigaban su afecto en el metro. Para nosotros fue nuestro lugar mágico y sólo eso importaba.


Cuántas veces le atribuímos sentimientos profundos a lugares inolvidables. Permanecen en la memoria incluso de quienes creen haber olvidado. Cuando, en un momento de nostalgia, se piensa en el café, en el jardín botánico, en Ciudad Universitaria o en cualquier lugar que merezca un sentimiento: en el metro en hora pico, que estresa, en el

panteón que entristece, o en el lugar de encuentro de los enamorados que produce cientos de emociones (como si fueran muchas), se piensa en sentimientos

.

Ayer pasé por nuestro lugar laberíntico como si, después de tantos pasos, halláramos

el hilo rojo de Teseo en su intento de acabar con el Minotauro. Pero la estación del metro San Lázaro no me había producido un hueco en el estómago hasta anoche que hube de trasbordar hacia la línea 1. Tantas veces nos vimos allí y no pude memorizarlo por entero. Sólo conservo las escaleras incesantes, los descansos siempre ocupados (a menos de que me equivoque), el pasillo interminable, los puestos de comida y de cualquier baratija china.


Y quiero recordar más; quiero hacerlo. Ya le pedí a Mnemosine que me ayude pero

parece estar convencida de que recordar aquella caída absurda desde la azotea es más importante que guardar tu seña, ese gesto que hacías cuando me veías llegar. Y siempre llegaba tarde, pero no te molestabas. Ahora lo recuerdo: tu sonrisa siempre me recibía aunque

yo hubiera llegado media hora tarde. Como si tu gesto hubiera quedado suspendido en aquel lugar, mezclado con la multitud y con el eco de nuestros pasos, aguardando todavía.


Y San Lázaro permanece inmóvil, esperando a que una vez más nos reencontremos en ese punto medio y nos demos tantas caricias como pasos dimos en aquel laberinto.


Manto

Son las cuatro de la madrugada,

nada suena salvo el monitor que quedó encendido,

algún que otro perro en la lejanía.


Despierto.

El llanto me despierta.

Lloro, las primeras treinta lágrimas salen sin esfuerzo.


Me dejo llevar por la tristeza de mi sueño.

¡Ay, Hades! ¿Hasta cuándo seguirás jugando conmigo?

No, yo ya no puedo.


Ya no puedo volver a soñar que Cornelius está ahí, en mi silla, durmiendo.

Yo ya no puedo soñar con otro velorio.

Me niego a soñar que otra vez puedo acariciar a Demian, a Sinclair o a Memfis.

Ya no quiero soñar que estás en mi cocina preparando una ensalada.

Porque ninguno de ellos está.


Todos se desvanecen cuando a las cuatro de la madrugada

mi tristeza me agoniza tanto que tengo que materializarla en mi realidad

y entonces me obligo a despertar,

como si dijera:

vive, carajo,

deja de estar empecinado en este sueño irreal.


Y nadie está.


Salvo Emil enroscada en la silla que alguna vez fue de Cornelius,

salvo Floki dormido en la caminadora

donde durmieron tantos gatos como mi memoria permita,

salvo yo y mi tristeza.


Y no estás tú para apaciguar mi llanto en la madrugada,

entonces la tristeza se vuelve aún mayor.

Ya no es solo la muerte de Sinclair lo que me afecta,

sino también tu lejanía.


¿Dónde estás, amor, que no te siento rodeándome con tu manto que todo lo cura?


Los lirios


No, no las tires. Podemos utilizarlas aún marchitas, estando en las últimas.


No sé si tu muerte llega, lirio, cuando te arrancan salvajemente de tu tallo o cuando los figmentos se muestran menos imaginarios: el olor del agua pútrida, las manchas cafés y negras, el cuerpo más blando al tacto.


Mis sentidos no me fallan.


La muerte te ha llegado.


¿Pero cuánto dura? ¿Como una enfermedad terminal que drena la poca vida que queda, o como las moscas de la fruta?


Mejor ni pensarlo.


Mejor quedarse así y ver qué haremos del cuerpo de los lirios que viven y mueren al mismo tiempo.

 
 
 

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