Textos de MAMEN PÉREZ
Todavía recuerdo aquella noche. Han pasado veinticinco años y, sin embargo,
hay recuerdos que parecen negarse a envejecer; permanecen intactos en algún
lugar de la memoria y regresan cuando menos lo espero, con la misma
habitación, la misma luz y, sobre todo, con su voz. Aquella noche comprendí que
algo había cambiado, aunque tardaría mucho tiempo en entender exactamente
qué.
Me dijo que iba vestida como una puta, que me había arreglado para provocar a
los hombres y que disfrutaba mientras me miraban. Intenté explicarme, pero sus
palabras ya no buscaban una explicación, sino una culpable, y aquella culpable
era yo. Después me pegó. Recuerdo haber llorado y haberme apartado de él,
buscando un lugar donde sentirme a salvo, aunque no existía ninguno porque el
peligro estaba precisamente junto a mí.
Lo más doloroso no fue únicamente el golpe, sino descubrir que una parte de mí
seguía esperando que aquel hombre que me había tratado como a una princesa
se acercara, me abrazara y me dijera que lo sentía. No lo hizo. Quiso mantener
relaciones sexuales conmigo y yo me negué, pero mi negativa no significó nada
para él. Me forzó mientras yo lloraba, y aquella noche algo dentro de mí empezó
a romperse de una manera que nadie podía ver.
Lo terrible es que estaba enamorada de él. Durante mucho tiempo me pregunté
cómo podía querer a alguien que me hacía daño y llegué a pensar que aquella
contradicción demostraba que el problema estaba en mí. Salva consiguió que lo
creyera, especialmente después de cada agresión, cuando llegaban las
disculpas, las promesas, la ternura y las palabras que necesitaba escuchar para
convencerme de que aquella vez sería diferente. Yo quería creer que el hombre
del principio seguía allí, escondido detrás de aquella violencia, porque aceptar
que ambos eran la misma persona habría significado aceptar que estaba
enamorada de alguien capaz de destruirme.
Después empecé a vigilarme. Medía cómo vestirme, cómo hablar, a quién
saludar y cuánto tiempo podía hablar con mi madre o con mis amigas sin
provocar una nueva discusión. Aprendí a reconocer sus silencios, sus gestos y
sus cambios de humor, intentando anticiparme a la próxima agresión paraevitarla. Mi vida empezó a girar alrededor de una sola pregunta: qué podía hacer
para que Salva estuviera tranquilo.
Poco a poco fui desapareciendo. Él ya se había metido en mi familia, en mis
amistades y en todos los espacios de mi vida, hasta conseguir que los demás lo
vieran como el novio perfecto mientras yo empezaba a apartarme de ellos para
evitar conflictos. Durante la gira llegó a prohibir que músicos, técnicos y
montadores hablaran conmigo, tenía celos si llamaba a mi madre o a mis amigas
y convertía a cualquier persona que no fuera él en una amenaza.
Yo cedía porque cada renuncia parecía insignificante, pero juntas terminaron
llevándose mi vida. Dejé de salir, me alejé de mi familia, abandoné la universidad
y llegué a sentir que, si él estaba bien, yo podía respirar, mientras que cuando
se marchaba me ahogaba y necesitaba desesperadamente que regresara.
Había conseguido convertirse en mi mundo y convencerme de que fuera de él
no quedaba nada.
Cuando me quedé embarazada intenté marcharme y regresé a casa de mis
padres, pero volví con él un mes antes de que naciera nuestra hija porque ya no
sabía imaginar una vida diferente. Después regresaron las discusiones, los
golpes y las humillaciones, hasta que un día me pegó mientras sostenía a
nuestra hija en brazos.
Aquel momento cambió algo dentro de mí. Durante años no había sabido
salvarme, pero comprendí que tenía que salvarla a ella. Hoy, al recordar aquella
vida, todavía me cuesta reconocerme en aquella mujer que llegó a pensar que
necesitaba a quien la destruía.
Quizá esa fue la herida más profunda: no los golpes ni las marcas, sino haber
llegado a creer que, si él desaparecía, yo también desaparecería con él.
Durante mucho tiempo pensé que aquella era mi vida.
Ahora sé que era la vida que él había conseguido hacerme creer que merecía.
Mamen Pérez
Que bien escrito. Enhorabuena