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Textos de MAMEN PÉREZ

Foto del escritor: laolgaartista
laolgaartista
30 ago
3 min de lectura

Todavía recuerdo aquella noche. Han pasado veinticinco años y, sin embargo,

hay recuerdos que parecen negarse a envejecer; permanecen intactos en algún

lugar de la memoria y regresan cuando menos lo espero, con la misma

habitación, la misma luz y, sobre todo, con su voz. Aquella noche comprendí que

algo había cambiado, aunque tardaría mucho tiempo en entender exactamente

qué.


Me dijo que iba vestida como una puta, que me había arreglado para provocar a

los hombres y que disfrutaba mientras me miraban. Intenté explicarme, pero sus

palabras ya no buscaban una explicación, sino una culpable, y aquella culpable

era yo. Después me pegó. Recuerdo haber llorado y haberme apartado de él,

buscando un lugar donde sentirme a salvo, aunque no existía ninguno porque el

peligro estaba precisamente junto a mí.


Lo más doloroso no fue únicamente el golpe, sino descubrir que una parte de mí

seguía esperando que aquel hombre que me había tratado como a una princesa

se acercara, me abrazara y me dijera que lo sentía. No lo hizo. Quiso mantener

relaciones sexuales conmigo y yo me negué, pero mi negativa no significó nada

para él. Me forzó mientras yo lloraba, y aquella noche algo dentro de mí empezó

a romperse de una manera que nadie podía ver.


Lo terrible es que estaba enamorada de él. Durante mucho tiempo me pregunté

cómo podía querer a alguien que me hacía daño y llegué a pensar que aquella

contradicción demostraba que el problema estaba en mí. Salva consiguió que lo

creyera, especialmente después de cada agresión, cuando llegaban las

disculpas, las promesas, la ternura y las palabras que necesitaba escuchar para

convencerme de que aquella vez sería diferente. Yo quería creer que el hombre

del principio seguía allí, escondido detrás de aquella violencia, porque aceptar

que ambos eran la misma persona habría significado aceptar que estaba

enamorada de alguien capaz de destruirme.


Después empecé a vigilarme. Medía cómo vestirme, cómo hablar, a quién

saludar y cuánto tiempo podía hablar con mi madre o con mis amigas sin

provocar una nueva discusión. Aprendí a reconocer sus silencios, sus gestos y

sus cambios de humor, intentando anticiparme a la próxima agresión paraevitarla. Mi vida empezó a girar alrededor de una sola pregunta: qué podía hacer

para que Salva estuviera tranquilo.


Poco a poco fui desapareciendo. Él ya se había metido en mi familia, en mis

amistades y en todos los espacios de mi vida, hasta conseguir que los demás lo

vieran como el novio perfecto mientras yo empezaba a apartarme de ellos para

evitar conflictos. Durante la gira llegó a prohibir que músicos, técnicos y

montadores hablaran conmigo, tenía celos si llamaba a mi madre o a mis amigas

y convertía a cualquier persona que no fuera él en una amenaza.


Yo cedía porque cada renuncia parecía insignificante, pero juntas terminaron

llevándose mi vida. Dejé de salir, me alejé de mi familia, abandoné la universidad

y llegué a sentir que, si él estaba bien, yo podía respirar, mientras que cuando

se marchaba me ahogaba y necesitaba desesperadamente que regresara.

Había conseguido convertirse en mi mundo y convencerme de que fuera de él

no quedaba nada.


Cuando me quedé embarazada intenté marcharme y regresé a casa de mis

padres, pero volví con él un mes antes de que naciera nuestra hija porque ya no

sabía imaginar una vida diferente. Después regresaron las discusiones, los

golpes y las humillaciones, hasta que un día me pegó mientras sostenía a

nuestra hija en brazos.


Aquel momento cambió algo dentro de mí. Durante años no había sabido

salvarme, pero comprendí que tenía que salvarla a ella. Hoy, al recordar aquella

vida, todavía me cuesta reconocerme en aquella mujer que llegó a pensar que

necesitaba a quien la destruía.


Quizá esa fue la herida más profunda: no los golpes ni las marcas, sino haber

llegado a creer que, si él desaparecía, yo también desaparecería con él.

Durante mucho tiempo pensé que aquella era mi vida.

Ahora sé que era la vida que él había conseguido hacerme creer que merecía.



Mamen Pérez

 
 
 

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1 comentario


Margarita Rodríguez García
12 sept

Que bien escrito. Enhorabuena

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