Textos de A.VÖLKRIM
Actualizado: 12 oct
Gripado de la carne.
Mi cuerpo tiembla con descontrol.
Mis vísceras se retuercen,
palpitando sin un propósito,
ejecutando movimientos tentaculares
de ida y vuelta en el fango interno.
Una energía ancestral, inamovible,
inoculando el colapso .
Cada mañana, las píldoras me llenan
como concreto espeso en un vaso de café;
un trámite plástico, inerte y sin sentido.
Fuerza excéntrica, amarillista,
que me deforma las horas.
Tengo una obsesión enfermiza
por el sabor amargo entre los dientes apretados;
una sensación de desahogo inútil,
una costra en la lengua.
Es un castigo que llevo en mí:
un alma que no lleva a ningún lado,
un desahucio biológico en cámara lenta.
A. Völkrim
a.volkrim_oficial
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Sanguijuela del Pacífico.
Lo sacaste como de la placenta de una ballena,
estaba aferrada a la idea de que siguiera bebiendo líquido blanco
como cría humana.
Me despellejo sin control,
dentro a la dermis de mi cráneo
y arrebato mis ideas pelo por pelo;
piraña maltrecha,
cuán miserable puede ser un ser como tú,
sanguijuela del Pacífico.
¿Lo ves? Ahí está.
Cantando como sirena,
mendigando los ojos de los peces
como si fuera una pobre gaviota herida.
Ganas no me faltan de gritarle a la rosa de los vientos
para que mi canto llegue a sus tímpanos,
llenos de espuma amarilla
que agradezco que Dios lo quitará de nuestras vidas.
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Buque
Y al despertar, sus brazos ya no existían:
en su lugar, flagelos de carne negra y ventosas supurantes.
Tembló, un miedo dulce, un espasmo hermoso.
Bajó del techo oxidado del buque y arrastró su nueva masa hasta la proa.
En el reflejo del agua abisal vio la verdad completa:
era una abominación de las profundidades,
un ser primigenio,
una criatura libre de la plaga humana.
Sintió un impulso ciego
y se arrojó al océano devorador,
mutado como una criatura herida
que siempre había esperado el colapso.
Agitó sus extremidades remanentes y se hundió en el abismo,
dejando el temor y la podredumbre en la costra de la tierra.
Reía entre fluidos,
lloraba fango,
giraba como sirena en agonía:
era libre por primera vez bajo el yugo del mar.
El sol moría,
tiñendo el cielo de un naranja herrumbre y oro viejo.
Nadó océano arriba, hacia la superficie hostil,
sintiendo la libertad romperle el esternón como un canto maldito;
nadó contra la corriente negra,
dio vueltas y vueltas en un frenesí sacrílego.
Ascendió tanto en la marea nocturna
que creyó tocar las estrellas frías e indiferentes.
Saluda.
Atte.
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