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Textos de ANA RODRÍGUEZ

Foto del escritor: laolgaartista
laolgaartista
24 sept
3 min de lectura

La herencia


La herencia que quisiera dejarte

no me pertenece.


Ya estaba aquí.


El aire frío que muerde al salir temprano.

El vapor de la boca en invierno.

La tierra oscura después de la lluvia.


La montaña no se aparta.

El lago no se apresura.


Resina en los dedos.

Hierba alta en las piernas.

Algo pequeño insistiendo entre las flores.

Una sombra que se agradece.

Un camino que no permite correr.

El sendero jadeante.


De pronto

lo urgente se vuelve torpe.

El ruido pierde autoridad.


Y durante un instante,

nos sentimos.


Solo esto:


agua fría,

abejas,

nieve,

y lo que aún no se ha perdido.


Octavo piso


En verano

Madrid olía

a asfalto,

a morera,

y tortilla de patata.


Las persianas bajadas a medias,

el ruido de los vasos en la cocina,

los colchones respirando

sobre las terrazas calientes.



Desde abajo

subían voces

que rebotaban entre los bloques:

un niño llorando,

el hierro del afilador,

el canto lejano del butano.


Yo bajaba las escaleras corriendo,

saltando escalones,

con el corazón golpeando.


El portero del edificio

me daba sorbos de manzanilla

con un poco de anís.


Hacíamos fila en la fuente

para llenar globos

que luego nos tirábamos.


Los columpios de hierro

quemaban en verano

y en invierno

se pegaban a las manos.


Hervíamos malas hierbas del parque

como si supiéramos

lo que estábamos haciendo.


Y había que gritar

hasta que mi madre aparecía

muy arriba,

pequeña contra el cielo,

y las llaves caían girando

ocho pisos de aire y miedo.


Al entrar por el portal

ya olía a tortilla de patata

aunque fuera el octavo piso.


Y había que subir.


Regreso


A veces vuelvo.


No siempre a mí,

no siempre del todo.


Hay días

en que reconozco mi voz,

y otros

en que me hablo

como a una extraña.


He dejado migas

para encontrarme.


Un gesto.

Una canción.


Entro

y no sé si esta casa

sigue siendo mía.


Hay cuartos donde aún respiro.

Hay cuartos

que aprendieron a vivir sin mí.


A veces regreso

y algo se enciende.


Otras veces abro,

miro dentro,

y vuelvo a irme.


Quisiera decir

que ya no me pierdo.

Pero no.


Todavía dudo.

Confundo

rutina con refugio,

silencio con paz,

irme con salvarme.


Y, aun así,


cada vez que vuelvo,

aunque sea un momento,

algo me reconoce.


No sé si basta.


Hoy

he llegado hasta la puerta.


No he entrado.


Rendimiento (instrucciones de uso)


Enhorabuena.

Estás viva.


Ahora demuestra

que lo mereces.


Trabaja.

Produce.

Optimiza tu tiempo.


No te detengas demasiado,

eso inquieta.


Gana dinero.

Gástalo bien.

Vuélvelo a ganar.


Compra descanso

en cómodas cuotas.


Llena tu casade cosas

que justifiquen el esfuerzo.

Si te cansas,

viaja.

Desconecta el correo.

Si sigues cansada,

viaja mejor.


Ahorra,

por cierto.

Aunque el dinero

cada vez valga menos.

Pero ahorra.

Es importante.


Sé útil.

Aporta.

Devuelve a la sociedad

el favor de existir.


Y si eres mujer,

recuerda el extra:


tener hijos.

Claro.

Continuar la cadena.


Tu cuerpo,

por cierto,

también participa en el sistema.


Gracias por tu colaboración.


Si en algún momento

te preguntas

cuándo puedes simplemente ser,


revisa las condiciones:


no está incluido.


Pero tranquila,


puedes seguir intentándolo

en tu tiempo libre.


(si queda algo)


Sin permiso


He vivido

con instrucciones.


Cómo sentarme,

hablar,

querer,

trabajar.


Cómo ser amable

pero fuerte.


Cómo tragarse las lentejas.


Palabras de otros.


He llevado nombres.

Difícil.

Intensa.


He heredado miedos.


A molestar.

A cerrar una puerta.

Sobre todo a quedarme fuera.


Y he esperado mucho tiempo.


Respuestas.

Diagnósticos.


El ahora sí.


Mejor no espero más.


No porque ya no duela.


Sino porque no puedo seguir

viviendo como una invitada

dentro de mi propia vida.


Voy a entrar

sin llamar primero.


la_cuenta_secreta_de_ana



 
 
 

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