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Textos de ANA RODRÍGUEZ SÁNCHEZ-ARCHIDONA

Foto del escritor: laolgaartista
laolgaartista
12 oct
3 min de lectura





El Dragón de Madera

El bosque que creció sin prisa

Nació con la fuerza necesaria para levantar montañas y una cabeza llena de bosques que todavía no existían. Donde otros dragones guardaban cuevas llenas de oro o reclamaban territorios enteros, ella soñaba con selvas enteras brotando donde antes solo había piedra desnuda, con ríos nuevos abriéndose paso entre raíces que aún no había plantado nadie.

El valle donde vivía era, por entonces, poco más que tierra agrietada y matorral seco, herencia de un incendio antiguo que ni los más viejos del lugar recordaban bien. Ella miraba esa tierra vacía y no veía una herida: veía un lienzo.

Empezó a plantar el mismo día que llegó. Semillas de todos los árboles que conocía, en todas las direcciones a la vez. Para ella un valle entero podía reverdecer en una sola estación si el que lo intentaba tenía suficiente voluntad. Removía la tierra con las garras, cantaba a los brotes para que crecieran más rápido, empujaba la savia bajo la corteza con su propio aliento cuando le parecía que un árbol tardaba demasiado en decidirse a crecer. Amaba tanto a los árboles que no podía soportar verlos convertirse en árboles.

Durante un tiempo, funcionó. El valle se llenó de verde a una velocidad que ningún bosque había alcanzado nunca, y los animales que vivían en los bordes empezaron a acercarse, maravillados, a ver crecer aquel milagro. Ella los recibía orgullosa, mostrando cada árbol suyo a quien quisiera verlo.

La primera gran tormenta llegó antes de que terminara el año.

Los árboles jóvenes, empujados a crecer más rápido de lo que sus raíces habían tenido tiempo de afianzarse, cayeron esa misma noche. Por la mañana, el valle volvía a parecer casi lo que había sido: tierra removida, troncos partidos, el trabajo de una estación entera tumbado sobre el barro.

Ella no se quedó a llorarlo. Volvió a plantar, esa misma semana, en otra parte del valle, convencida de que el error había sido el lugar y no la prisa. Y también aquello cayó, aunque tardó un poco más.

Así pasaron varios años: bosques enteros naciendo y cayendo bajo su impaciencia, cada intento un poco distinto, cada fracaso explicado de una manera nueva. Los animales que al principio se acercaban maravillados dejaron de acercarse. No por desprecio, sino porque habían aprendido a no encariñarse con árboles que no llegarían a dar sombra.

Fue un tejón viejo, de los pocos que quedaban junto al valle, quien un día la encontró sentada entre los restos del último bosque caído, sin fuerzas ya para plantar uno nuevo.

—Hay una semilla —dijo el tejón— que mi abuelo enterró antes de que yo naciera, en la linde del bosque de verdad, el que nunca ardió. Todavía no ha crecido nada de ella. Ni siquiera sé si sigue viva.

—¿Y para qué sirve una semilla así? —preguntó la Dragona, sin entender.

El tejón se encogió de hombros.

—Puede que yo nunca vea el árbol que nazca de ella —dijo el tejón—. Pero eso no significa que la semilla crezca demasiado tarde.

La Dragona no volvió a plantar ese año. Se quedó, en cambio, mirando cómo crecía —tan poco cada día que solo se notaba comparando una luna llena con la siguiente— lo poco que había sobrevivido de sus intentos anteriores: un puñado de brotes que nadie había forzado, nacidos por su cuenta entre los troncos caídos, alimentándose de la sombra y del tiempo que ella nunca les había dado.

Empezó a plantar de otra manera. Una semilla aquí, otra allá, espaciadas por temporadas enteras, sin cantarles para que crecieran más rápido, sin empujar la savia bajo la corteza. Algunas no llegaban a brotar nunca. Otras tardaban tanto que ella misma olvidaba dónde las había puesto.

No volvió a ver un bosque completo. Ni ese año, ni el siguiente. Pero una primavera, muchos años después, encontró un árbol joven creciendo donde ella había plantado la primera semilla. Era pequeño todavía, demasiado para dar sombra y para parecerse al bosque que había imaginado.

La Dragona no lo tocó, ni empujó sus raíces. Tampoco llamó a las hojas para que crecieran más rápido. Solo se sentó junto a él y esperó.

Siglos después, el valle es un bosque tan viejo y tan denso que nadie recuerda la tierra agrietada que fue y ninguno de sus árboles lo plantó la misma mano que soñó con ellos.


 
 
 

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