Textos de DANIEL VERÓN
LA BIBLIOTECA DE DIOS
Hacía algo más de media hora que estaba escribiendo, cuando comencé a advertir que el flujo de las ideas se estaba alejando de mí. Siempre me sucedía lo mismo, una veces más pronto que otras, así que me puse a hojear las páginas anteriores para ver si se me ocurría algo nuevo. Pero no. Era tarde y ya tenía algo de sueño. Pero, todas formas, completé las últimas frases escritas.
Se trataba de una de mis últimas novelas. Últimamente no escribo muchas de éstas, sólo lo hago cuando quiero embriagar al lector y embriagarme yo mismo con el decorado de la trama. Así lo había hecho, por ejemplo, con diversas aventuras sobre Marte y los planetas helados, llenos de misterios. Pero ahora se trataba de algo muy diferente aunque la trama también se ubicara en las profundidades del espacio. Había yo colocado a mis personajes en un punto situado en la periferia del Universo y donde se disponían a abandonar la materia y los campos de energía conocidas, para así ingresar a la Nada, al Más Allá, y no me decidía aún qué clase de parajes describir. Yo tenía una serie de ideas más o menos homogéneas al respecto, pero no estaba muy seguro de cómo desarrollarlas, pues debían proporcionar un punto de referencia sobre el poder juzgar lo que era la evolución del Cosmos todo.
Así que allí fue cuando debí abandonar la escritura, hasta otro momento en que se me ocurriera algo adecuado, pero entonces, cuando ya me iba a levantar de la silla, sentí como un feroz aguijonazo en el pecho y ví, en un instante, que el cuaderno se agrandaba desmesuradamente hasta cubrir toda mi visión. La punzada había desaparecido pero, en su lugar, me dominaba una terrible impresión de vértigo, que me tenía paralizado.
Poco después pude comprobar de qué se trataba. ¡Yo estaba siendo atraído hacia un pavoroso abismo de impenetrable oscuridad! Pero no estaba en condiciones de razonar cómo había ocurrido o qué lugar era. Tampoco podía moverme, así que traté de distinguir algo en aquella interminable y espantosa caída.
Fue una porción de eternidad en la que intenté pensar o comprender, mas al fin me encontré flotando en un mar púrpura; pero no era agua lo que me cubría, sino una especie de neblina fantasmagórica, omnipresente. Me revolví, intentando hallar un suelo en el cual apoyarme, hasta que, en algún otro momento (no sé cuánto tiempo después), distinguí a lo lejos un suave resplandor amarillo que me guió en medio del extraño océano que me envolvía. Cuando llegué hasta él, me pareció que ya podía afirmarme sobre algo sólido, si bien la sensación de una gran liviandad era permanente.
Aquí, dondequiera que fuese, no había sonidos o aromas, pero yo lo percibía como si se tratara de una estancia muy grande. A lo lejos, aún percibía, inquietante, la niebla púrpura flotando, estirándose en rápidos movimientos, como un ser en gestación. Luego hallé frente a mí a alguien... o algo, no sé cómo explicarlo, pues sólo se veía de él una especie de hábito oscuro muy largo, con una capucha que le cubría una cabeza inexistente.
Sobrecogido por la aparición, quise gritar pero no pude; lo que aún quedaba de mi mente inspiraba en mí un temor horrendo y todo giró a mi alrededor enloquecidamente. El hombre sin rostro se acercó y en alguna parte escuché una voz impersonal que decía:
– Ya has llegado aquí, no tienes nada por qué temer.
Retrocedí un poco, balbuceando:
– ¿Quién es usted? ¿Qué es usted? ¿Qué lugar es este?
– Yo soy exactamente aquello que tú imaginaste una vez: el Guardián del Universo.
– ¡¿Qué?!
– Tranquilízate, y no temas nada. Ya te explicaré todo y comprenderás, puesto que tú has venido.
– No es así - dije intentando recomponerme - Yo he sido atraído hasta aquí, contra mi voluntad.
– Ya lo verás.
Diciendo esto, mi invisible anfitrión ejecutó un movimiento que sólo distinguí por sus ropajes, y ante mis ojos se materializó una escena que me resultaba familiar.
– ¡Es mi casa! - exclamé desconcertado - Allí estaba hace solamente un rato.
– Eso crees, ¿verdad?
Entonces la escena mostró... ¡mostró mi cuerpo inerte sobre la mesa de escribir! ¿Cómo era posible? Eso significaba que... ¡Significaba que había muerto!
– Tu envoltura física allí ha quedado - me dijo la criatura - Esta es La Casa, donde habrás de descansar y prepararte para lo que aún tienes que hacer - La imagen se esfumó.
– ¡Esto es imposible! ¡Es un sueño! ¡Yo no puedo estar muerto!
– Hum, todos dicen lo mismo - masculló el Guardián.
– ¿Qué es lo que se supone que debo hacer? - insistí.
– Acompáñame.
Indeciso, en el primer momento, opté por seguirlo y pronto abandonamos aquel extraño lugar. Observé que mi anfitrión se deslizaba sobre la misteriosa superficie en perfecto equilibrio, mientras que yo, en cambio, seguía con una sensación de ingravidez que me resultaba bastante molesta.
La irrealidad de todo aquello me decía que sólo podía tratarse de un sueño. Es cierto que yo, gran parte de mi vida, lo había pasado imaginando mundos inverosímiles, pero ciertamente que esto no era como lo que suponía, ya que, si estaba muerto, ¿por qué no era infinitamente libre? ¿Por qué no veía el Universo a mis pies?
Poco después ingresamos a un recinto (si cabe llamarlo así) que, en el primer momento, me pareció estar al descubierto, pero luego comprobé que se trataba de un salón de dimensiones colosales, sin un fin visible. Del lugar en que nos encontrábamos veíamos una serie interminables de muros que se extendían hasta el horizonte, separados uno del otro por distancias iguales. Aquí, la iluminación aquí era tenue, pero buena, y parecía brotar del techo, aunque su origen quedaba oculto.
– Amigo, este lugar ya lo has imaginado en tu anterior existencia - dijo el Guardián.
– ¡¿Cómo?! ¡No es cierto!
– Esos muros que ves son bibliotecas y contienen un número casi infinito de volúmenes de ambos lados. Si pudieran expresarse en números que te resulten familiares, son más de quinientos mil cuatrillones de quintillones hasta ahora, en total.
Estupefacto, mudo por el asombro, avancé lentamente hacia las bibliotecas. Todo mi ser era presa de una indefinible agitación. Los muros que contenían los super-trillones de ejemplares tenían, al menos en mi actual concepción de las escalas, una altura de varios kilómetros, mucho más de lo que yo creyera en el primer momento. ¡Era increíble! Las bibliotecas semejaban un bosque de delgados rascacielos que se extendían hasta el otro lado del mundo.
– Sí, es mi idea - murmuré fascinado - pero mucho más grande.
– Por supuesto. Debes tener en cuenta que el Cosmos se crea a cada instante. En esos libros está escrita la historia de todas las cosas que han sido.
– ¿Es la Historia Universal, entonces?
– Así es.
Intentando comprender todo lo que significaba aquello, avancé y, con mano trémula, acaricié los suaves lomos de los libros que tenía más próximos, distinguiendo, no sé cómo, los misteriosos títulos; luego, con todo cuidado, extraje uno de ellos, un colosal mamotreto rectangular de un metro de largo por medio de ancho y con un espesor de algunos millones de finísimas páginas cubiertas de ideogramas de una belleza visual indescriptible. Y al punto, acudieron a mi mente, en vertiginoso desfile, cientos de imágenes por segundo, de seres extraños y parajes incomprensibles, ideas y sensaciones que yo nunca había soñado siquiera.
– Ten cuidado - me aconsejó el Guardián - Necesitas aún una paulatina adaptación, de lo contrario tu espíritu puede confundirse.
Supuse que tendría razón, así que opté por colocar el libro nuevamente en su lugar y entonces pregunté:
– ¿Qué hago yo aquí?
– Tú acabas de dejar una vida, relativa, pero vida, sea como sea - escuché la voz de mi anfitrión - En ella has proseguido la misma consolidación intelectual y energética que ya iniciaste en otras vidas. Sólo es tu evolución interna la que te ha permitido llegar a La Casa, adonde aprenderás lo que aún te falta.
Pero yo aún estaba confundido con la extraña situación que me tocaba vivir así que repliqué:
– No es suficiente cuanto me dices. ¿Qué clase de misión debo cumplir? ¿Por designio de quién?... ¿Acaso el autor de todas estas obras? ¿Qué podría precisar él de mí?
– Aún para un Guardián hay cosas que permanecen veladas, amigo - me dijo suavemente - Tú y yo somos tan sólo instrumentos de poderes que están más allá de nuestra actual comprensión. ¡Nunca entenderías cuánto tiempo hace que permanezco aquí, como Guardián del Universo, custodiando el saber eterno! Pero, desde el principio supe que debía esperar, debía esperar la llegada de consciencias como la tuya, y esa ha de ser mi tarea por toda una eternidad.
A pesar de la sorpresa que me produjeron estas palabras, sentí que podía pensar con más claridad, pero los pensamientos se me agolpaban sin poder expresarlos con claridad.
– ¿Esos libros, desde cuándo están allí?
– Ya había muchos cuando yo llegué y desde entonces aumentan periódicamente; sólo debo controlar los impulsos energéticos que imprimen los ideogramas y preparar los textos para colocarlos definitivamente en su lugar. Así conozco también parte de su contenido.
– Dijiste que aumentan periódicamente - murmuré - Eso significa que para ti transcurre el tiempo.
– Sí, pero no como tú acostumbrabas a medir.
– ¿Cómo es que conoces tanto de mí?
– Tu vida y la de todos los seres están escritas aquí y muchas veces me está permitido leerlas.
– De lo contrario, ¿te lo prohíbe alguien?
– No, lo que sucede es que los textos de muchos libros presentan sutilezas de pensamiento que no estoy en condiciones de entender.
– Pero este sitio no puede estar vacío, debe haber alguien más.
– Ha habido otros visitantes como tú, en efecto.
– ¿Y dónde se encuentran ahora?
– Aún no los encontrarás. Se encuentran en otro nivel adonde meditan sobre cuánto han aprendido, cada uno de ellos, sobre un aspecto distinto del Universo. Pronto les harás compañía, cuando tú hayas aprendido tanto como ellos.
– ¿Y nunca has visto al autor de los libros?
– No. Ni lo veré jamás. Yo sólo soy un custodio de La Casa.
– Eres algo así como un bibliotecario... pero del Universo - dije pensativamente - ¿Qué es lo que me puedes enseñar? ¿Conoces acaso al amo?
– No es posible concebir nada sobre él, no soy un elegido.
Creo inútil intentar dar una idea del tiempo que pasé recorriendo las bibliotecas y hojeando diversos tomos. Ciertamente que existía un inmenso fichero que me orientó sobre la ubicación de los temas que deseaba hallar, pero la empresa de consultar sólo una mínima parte de aquel vastísimo salón de Historia Universal me resultaba tremenda, y no sabía muy bien por dónde empezar.
Para entonces, yo ya no veía al Guardián y, no sin cierto asombro, comprobé que mi propia apariencia humana iba desapareciendo, esfumándose. Mi conciencia, en cambio, se volvía poco a poco más y más lúcida.
Pasaba largos períodos vagando de un lado a otro observando solamente los estantes, que, a veces, se me antojaban siniestros, con todo su saber secreto. Pero no me abandonaba la desagradable impresión de que en alguna parte había algo que me debía proporcionar un punto de partida, para luego seguir con todo lo demás. Así que, se me ocurrió buscar el libro «Nº 1», el que hablara sobre la creación del Universo. Un tiempo después lo había extraído, no sin cierto esfuerzo, y con gran excitación lo abrí y comencé a hojear sus milenarias páginas.
Sin embargo, los ideogramas de este volumen eran muy diferentes de lo que viera hasta entonces en otros libros, por lo que debí dedicar muchísimo tiempo a descifrarlos, pues, su significado, no me llegaba con claridad, como en otras ocasiones. Pero, al fin, acabé con mi tarea. Quizás lo que más dificultades me ocasionó para su interpretación fue una parábola central, que seguía a un largo examen sobre la existencia de ciertas partículas de «sub-hidrógeno» (solo puedo traducirlas de este modo), que merced a ciertas propiedades hiper-lumínicas, tenían poder de reversión de los acontecimientos.
Pero la parábola se explayaba sobre cierto habitáculo o casa con diversos compartimientos de decorado simbólico y que no supe interpretar, en un comienzo. ¿A qué se refería? Una y otra vez la leí con un torbellino de ideas que me envolvía. Allí estaba el Jardín Florido, el Dormitorio, el Living y los Salones. El texto decía también, que de la casa había salido o aparecido la Unificación, concepto que asimismo podía ser visto como «el Creador», según lo denominan ciertas mentalidades.
El Jardín Florido tal parecía que se situaba en las nubes o en alguna otra parte etérea, y tenía paisajes, aromas, colores y diversos elementos con su propio significado.
El Dormitorio era su contrapartida, ya que se trataba de un ámbito semejante al de la muerte total; era la zona de los “sueños descontrolados” y sin fin.
El Living representaba la vida plena, dinámica, serena y sabia a la vez, pero, al contrario que los demás habitáculos, permanecía vacío.
En cuanto a los Salones, se decía de ellos que contenían filmes, objetos,«cajas de sonidos», libros, etc., y tenían comunicación directa con el Living. Constituían el sector de esparcimiento y de aprendizaje a modo de museo.
A continuación venía un texto breve, pero con clave, y que, tras largo estudio, comprendí, comprobando que no era sino un plano de cierto lugar, tal vez de la casa a que hacía mención la parábola. Retuve todos estos datos en mi mente, guardé el libro y me concentré en el problema.
Entonces, casi de inmediato, recordé las palabras del Guardián: «Esta es La Casa», me había dicho al comienzo. ¿Significaría eso que se trataba de la misma y simbólica casa de la que acababa de leer? No estaba seguro pero... ¿de quién era La Casa? ¿Sería posible que en alguna parte existieran otras habitaciones que yo ni sospechaba siquiera?
Me puse a buscar febrilmente, recordando el plano que había visto. Lo primero era abandonar las bibliotecas pero, estas ocupaban una extensión inmensa y así volvía a perder bastante tiempo, tiempo durante el cual, más de una vez me pregunté, no sin cierto estremecimiento, si en alguna ocasión el Guardián se habría aventurado a ir tan lejos como yo ahora. La verdad es que lo dudaba. Era posible incluso que él ni sospechara la existencia de otros salones.
Por fin, mucho después, ante mi vista ya no había estantes con libros; estos habían quedado atrás. En cambio, tenía enfrente lo que parecía el portal de entrada a una gigantesca bóveda que se alzaba hasta el infinito. Exploré detenidamente el muro buscando algún lugar por donde entrar allí. El plano decía que... ¡Sí! Exactamente en el punto que creía recordar hallé un pedestal y me subí a él, sin vacilar. Otra vez comenzaba a sentir un vago temor indefinible, pero estaba decidido a conocer el misterio de la fantástica morada.
Al instante, el portal se abrió, permitiéndome el paso a una estancia aún más oscura que el pasillo por el cual viniera. Pero, no se debía tanto a la falta de iluminación, como a la enorme cantidad de objetos semejantes a gigantescas maquinarias que poblaban el lugar. Entonces, creo que comencé a sentir más terror aún, cuando comprobé que comenzaba a resultarme todo extrañamente familiar. Sin pensar, me acerqué a una de las máquinas (aunque eran mucho más perfectas que un mecanismo) y puse en marcha algo, no sé muy bien que cosa.
Casi de inmediato surgió una voz electrónica de todas partes:
– Bienvenido a nuestra audio-teca. Ahora tú ya sabes que te encuentras en los Salones. Aquí continuarás tu aprendizaje, igual que en la filmoteca. Todo el material disponible se ha reunido sólo para tu uso, pues eres el elegido.
– No es verdad. Sólo he querido investigar - repliqué.
– Tú has descifrado la clave de La Casa, otros no lo pudieron hacer. Tú eres el elegido.
– ¿Y el Living? ¿Adónde está?
– Allí irás en su momento oportuno, cuando acabe tu preparación.
– ¿Quién ha preparado esto? ¿Quién es el dueño de La Casa?
– Eso lo sabrás más adelante - insistió la voz artificial.
– Pues quiero saberlo ahora. ¿Por qué primero debí pasar por las bibliotecas?
– Todos los que fueron como tú han pasado por allí. Esta sala, en cambio, se ha creado para el que fuera capaz de descifrar los secretos que hay en los libros. Aquí encontrarás los sonidos, las imágenes y los recuerdos de todo el Universo. Lo comprenderás todo mucho más vívidamente que en los libros.
– ¡Eres una máquina! ¿Quién te creó?
– Aún no lo puedes saber.
– ¿Soy tu creador? ¡Debes decírmelo!
– ¿Mi creador?
– ¡Te lo ordeno! ¡Dime lo que hay en tu archivo de memoria! ¿Quién ha creado este sitio?
– Eres el creador y TÚ te has generado. ¡Tú eres el dueño de La Casa! –pareció gritar a voz.
El Universo giró a espantosa velocidad en torno a mí: mundos, estrellas y galaxias asaltaron mi mente enloquecidamente, de sorpresa. Quise huir a alguna parte, pero el portal estaba cerrado, así que ciego y mareado corrí hacia adelante, tropezando (atravesando) todos los objetos que había. Sin embargo, la máquina aún hablaba, confundiéndome más.
– Tú eres el creador y el amo de La Casa. ¡Oh, creador, al fin eres consciente de Ti mismo! ¡Al fin eres un verdadero organismo, el más perfecto de todos! Para ti, de par en par las puertas del Living.
Y a mis ojos los cielos se abrieron, la luz estelar a torrentes, el corazón y el cenit del Cosmos. Lo comprendí todo, lo supe todo, me encontré con mis propias obras y sentí la libertad de la eternidad. ¡Había unido lo físico con lo eterno y era absolutamente libre! ¡Yo era el dueño de todo! ¡Yo era el dueño de La Casa: el Universo! ¡Todo era mío porque yo era su creador! Y estaba solo en el Living...
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