Textos de LUCIA RODAS
LA SÉPTIMA NOCHE
Hace siglos, un pequeño pueblo quedó marcado por la desgracia cuando una invasión vikinga arrasó con cuanto encontró a su paso. Las casas fueron saqueadas y muchas de ellas terminaron reducidas a cenizas, mientras las familias huían intentando ponerse a salvo. Sin embargo, algunos habitantes decidieron rebelarse y enfrentarse a los invasores para defender sus hogares, aunque su resistencia no duró mucho. Los vikingos consiguieron capturarlos y, como escarmiento para el resto del pueblo, los crucificaron en una enorme cruz de madera que levantaron en el centro de la plaza. Durante días, sus cuerpos permanecieron allí mientras nadie se atrevía a acercarse.
Cuando los invasores finalmente abandonaron el pueblo, los supervivientes regresaron a sus casas y comenzaron a reconstruir sus vidas entre las ruinas. Habían perdido a familiares, amigos y vecinos, pero aquellos hombres crucificados se habían convertido en el símbolo de quienes habían decidido plantar cara a los invasores. Por eso nadie quiso destruir la cruz y decidieron conservarla como recuerdo de quienes habían muerto defendiendo el pueblo. Con el paso de los años, grabaron en ella los nombres de las víctimas que pudieron identificar para que sus nombres sobrevivieran, aunque sus historias terminaran perdiéndose con el paso de las generaciones.
Los años se convirtieron en décadas y las décadas en siglos. El pueblo cambió, las casas fueron reconstruidas y nuevas generaciones ocuparon las calles, pero la cruz permaneció en el mismo lugar, envejeciendo lentamente en el centro de la plaza. Para la mayoría de los habitantes se había convertido en poco más que un viejo monumento al que apenas prestaban atención, aunque todavía había personas que conocían la historia que se escondía detrás de aquellos nombres. Una de ellas era el bibliotecario, un hombre que llevaba muchos años trabajando entre libros y documentos antiguos y que había dedicado buena parte de su vida a investigar la historia del pueblo.
Conocía las inscripciones de la cruz casi de memoria y había pasado incontables horas estudiando los documentos que hablaban de aquella antigua invasión, por lo que no tardó en darse cuenta de que algo extraño estaba ocurriendo cuando, muchos siglos después de la masacre, una persona desapareció sin dejar rastro. Durante las primeras horas nadie quiso pensar que pudiera tratarse de algo relacionado con la cruz. Los vecinos confiaban en que aquella persona aparecería en cualquier momento o que todo tendría una explicación sencilla, pero la noche pasó sin noticias y, al amanecer, seguía sin haber ninguna pista sobre su paradero.
Aquella misma mañana, mientras el bibliotecario cruzaba la plaza camino de la biblioteca, se detuvo frente a la cruz porque algo había llamado su atención. Se acercó para observar las inscripciones con mayor detenimiento y recorrió lentamente con los dedos los nombres que conocía desde hacía años, hasta que descubrió uno que jamás había visto allí. Era el nombre de la persona que había desaparecido durante la noche.
El bibliotecario sintió un escalofrío y volvió a mirar la inscripción, intentando convencerse de que estaba equivocado, pero no había posibilidad de confusión. Conocía aquella cruz demasiado bien y podía asegurar que aquel nombre no estaba allí el día anterior. Lo más inquietante era que tampoco parecía haber sido grabado recientemente. La madera alrededor estaba oscurecida y desgastada por el paso de los siglos y las letras tenían el mismo aspecto antiguo que las demás, como si aquel nombre hubiera formado parte de la cruz desde el momento en que fueron grabados los nombres de las primeras víctimas.
La noticia se extendió rápidamente por el pueblo y pronto los vecinos se reunieron alrededor de la cruz. Nadie podía explicar cómo había aparecido aquella inscripción ni quién había podido acercarse durante la noche sin ser visto. Las autoridades, temiendo que aquello pudiera estar relacionado con la desaparición, decidieron que lo más prudente era retirar la cruz de la plaza. Varios hombres intentaron derribarla, pero no consiguieron moverla, y después utilizaron herramientas para cortar la madera. Aunque las sierras y las hachas golpearon una y otra vez, apenas lograron dejar unas pequeñas marcas en su superficie, por lo que, al comprobar que nada funcionaba, alguien propuso quemarla.
La rodearon de leña y prendieron fuego, y durante horas las llamas envolvieron la cruz mientras los vecinos observaban desde la distancia. Cuando el fuego se extinguió, todos esperaban encontrar únicamente cenizas, pero la cruz seguía en pie, completamente intacta, como si las llamas nunca hubieran llegado a tocarla. Ni siquiera la madera parecía haber perdido su aspecto envejecido. Aun así, las autoridades no se dieron por vencidas y probaron con hachas, sierras y maquinaria pesada, intentando arrancarla del suelo, pero cada intento terminaba de la misma manera: la cruz permanecía inmóvil y, cuanto más esfuerzos hacían por destruirla, mayor era el miedo que comenzaba a extenderse entre los habitantes.
Pasaron los días y el pueblo intentó recuperar cierta normalidad, aunque nadie volvía a mirar la cruz de la misma manera. Sin embargo, cuando llegó la séptima noche desde la primera desaparición, el miedo volvió a apoderarse de los vecinos porque, a la mañana siguiente, otra persona había desaparecido. El bibliotecario acudió de nuevo a la plaza y comprobó que un segundo nombre había aparecido en la madera, justo debajo del anterior. Al igual que el primero, parecía haber sido grabado siglos atrás y no durante la noche, y aquella coincidencia ya no podía explicarse como un simple hecho aislado.
Fue entonces cuando el bibliotecario decidió recurrir a aquello que mejor conocía: la historia. Pasó días revisando documentos antiguos, registros parroquiales y árboles genealógicos de las familias del pueblo. Comparó los nombres de las personas desaparecidas con los que aparecían grabados en la cruz desde hacía siglos y siguió cada una de las líneas familiares todo lo atrás que pudo. Cuanto más avanzaba en su investigación, más clara se hacía una conexión que al principio había parecido imposible: los desaparecidos no habían sido elegidos al azar, sino que cada uno de ellos descendía de una de las personas que habían sido crucificadas durante aquella antigua invasión vikinga.
El bibliotecario permaneció durante largo rato frente a los documentos, intentando encontrar alguna explicación que demostrara que aquello no podía ser cierto, pero cuanto más comprobaba los registros, más evidente resultaba la conexión. La cruz no estaba añadiendo nombres al azar, sino reclamando a los descendientes de aquellos que habían muerto sobre ella. El descubrimiento de los linajes hizo que comprendiera que las desapariciones formaban parte de algo mucho más antiguo que una simple maldición, aunque todavía quedaba una pregunta que no conseguía responder: ¿por qué alguien querría reunir la sangre de los descendientes de aquellos hombres crucificados?
Para encontrar la respuesta volvió a los archivos de la biblioteca y pasó varias noches revisando documentos que hasta entonces apenas había considerado importantes. Registros de familias, escrituras antiguas, cartas y documentos que habían pasado de generación en generación fueron extendiendo ante él una historia que parecía haber permanecido escondida durante siglos. Entre aquellos papeles encontró una referencia que llamó especialmente su atención, pues hablaba de una familia que había llegado al pueblo durante la invasión vikinga y cuyo nombre aparecía relacionado con uno de los jefes que habían dirigido el ataque.
A diferencia de las familias descendientes de los habitantes originales, aquella estirpe había conseguido conservar su linaje y transmitirlo generación tras generación. El bibliotecario siguió su rastro hasta el presente y descubrió que uno de sus descendientes seguía viviendo en el pueblo, así que decidió buscarlo para averiguar qué relación podía tener aquella familia con las desapariciones.
Lo encontró en una antigua casa familiar, donde conservaba documentos que no figuraban en ningún archivo público. Entre sus pertenencias había varios escritos antiguos que explicaban las intenciones de su antepasado. Según aquellos documentos, la sangre de los habitantes asesinados durante la invasión no debía permanecer en el pueblo para siempre. Su propósito era acabar con todos aquellos que descendieran de ellos y conservar únicamente la sangre de los antiguos invasores, pues creía que, utilizando la sangre de las víctimas en un antiguo ritual, conseguiría devolver la vida a sus antepasados, aquellos que habían muerto durante la invasión.
Las desapariciones formaban parte de ese ritual y estaban sometidas a un orden preciso. Cada siete noches, una nueva víctima desaparecía y su nombre aparecía en la cruz, pero la sangre no podía ser entregada de cualquier manera. Los documentos explicaban que cada descendiente ocupaba un lugar determinado y debía ser reclamado en el momento que le correspondía, de modo que, si aquel orden se rompía, el ritual también se rompería.
El bibliotecario continuó investigando hasta encontrar la relación completa de los descendientes y fue entonces cuando descubrió que su propio nombre aparecía entre ellos. Él pertenecía al mismo linaje que las personas que habían sido crucificadas siglos atrás y ocupaba el último lugar de aquella sucesión, aunque todavía faltaban tres personas antes de llegar a él. Comprendió entonces que el ritual aún no podía completarse porque quedaban tres descendientes que debían desaparecer antes de que llegara su turno. Si esperaba, las desapariciones continuarían hasta alcanzar su nombre y, cuando su sangre fuera entregada en el momento establecido, el ritual quedaría completo.
Sin embargo, los documentos también habían revelado una posibilidad que podía utilizar para detenerlo. Si su sangre llegaba a la cruz antes de tiempo, rompería el orden establecido y el ritual no podría completarse, porque la misma fuerza que había mantenido aquel pacto durante siglos se volvería contra quienes intentaban llevarlo a término.
Sin perder más tiempo, regresó a la plaza cuando la noche ya había caído sobre el pueblo. La cruz permanecía inmóvil bajo la oscuridad, rodeada por los nombres de todos aquellos que habían desaparecido, y el bibliotecario sabía que todavía faltaban tres nombres antes del suyo, precisamente el orden que mantenía vivo el ritual. Sacó una pequeña navaja, se hizo un corte en la palma de la mano y dejó que unas gotas de su sangre cayeran sobre la madera.
Durante unos instantes no ocurrió nada, pero poco después la cruz comenzó a temblar y una luz rojiza recorrió lentamente las antiguas inscripciones mientras las letras empezaban a brillar. El bibliotecario comprendió entonces que había funcionado: su sangre había llegado antes de tiempo y el orden establecido había sido quebrado.
Al mismo tiempo, en la antigua casa del descendiente del jefe vikingo, los documentos que habían servido para mantener vivo el ritual comenzaron a arder. El hombre comprendió demasiado tarde lo que había sucedido, pues la sangre del último descendiente había sido entregada antes de que llegara el momento establecido y el orden se había roto, haciendo que aquello que durante siglos había permanecido contenido dejara de obedecer sus órdenes.
Las llamas se extendieron por la cruz y la envolvieron por completo. Esta vez no hubo fuego que pudiera apagarla ni madera que resistiera. Los nombres de las víctimas brillaron durante unos segundos antes de desaparecer entre las llamas, mientras la cruz se consumía en el centro de la plaza. Los vecinos salieron de sus casas y contemplaron en silencio cómo ardía aquello que durante siglos había formado parte de la historia del pueblo, pero nadie intentó acercarse y, cuando finalmente las llamas se extinguieron, solo quedaron cenizas.
El bibliotecario permaneció frente a ellas, esperando alguna señal de que todo hubiera terminado, mientras el pueblo quedaba sumido en un silencio absoluto. Poco después, un grito procedente del otro extremo de la plaza hizo que todos volvieran la mirada y descubrieran que la persona que había desaparecido siete noches atrás acababa de regresar. Después apareció otra y, tras ella, otra más, hasta que uno tras otro los desaparecidos comenzaron a regresar al pueblo, confusos y desorientados, sin comprender cuánto tiempo había pasado ni qué había sucedido mientras permanecían ausentes.
El ritual había sido roto antes de completarse y la cruz que durante siglos había permanecido en el centro de la plaza había desaparecido para siempre, llevándose consigo la sangre, el odio y la maldición que habían mantenido atrapado al pueblo durante generaciones. Por primera vez desde aquella antigua invasión, los habitantes pudieron contemplar la plaza sin aquella cruz en el centro y comprender que la historia que había comenzado siglos atrás había llegado finalmente a su fin, dejando al pueblo, después de tantas generaciones, en paz.
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