Textos de MARLENA AGATA TRELKA
Actualizado: 3 sept
Fuera de juego
En mi casa el fútbol nunca ha sido un idioma que hubiésemos hablado con fluidez. Llevo media vida traduciendo entre lenguas ajenas, así que sé bien lo que cuesta dominar un idioma nuevo. Este, el del fútbol, ni siquiera lo he intentado a aprender en serio. Mi marido lo tolera si el partido es bueno de verdad, aunque detesta el circo que lo rodea: las camisetas a cuarenta euros, los micrófonos metidos en la cara de un entrenador sudado, la política colándose donde nadie la ha invitado. Yo, más honesta conmigo misma, no distingo entre el circo y la pista: para mí siempre ha sido lo mismo, desde niña. Una banda de hombres corriendo detrás de una pelota, con el mundo entero conteniendo la respiración como si de eso dependiera algo.
He probado a cambiar de opinión, lo confieso. Con treinta años, con cuarenta, y ahora, que empiezo a acercarme a los cincuenta con la sospecha de que ya no voy a cambiar en esto ni en nada. Volví a intentarlo hace unos días, con España jugando los cuartos de final. Me senté en el sofá dispuesta a que, esta vez sí, el gen del fútbol se activara de golpe como una alergia tardía. Pero no aguanté ni veinte minutos: cogí el móvil para revisar los correos, me fui a la cocina a por el postre, luego salí a dar un paseo. El fútbol me da repelús, y es imposible que se convierta en amor tardío lo mismo que te irrita. Al final del partido sentí exactamente lo mismo que sentí a los ocho años viendo un mundial en casa de mis abuelos: veintidós adultos repartiéndose un balón, y el salón entero llorando o riendo según a quién le tocara.
Respeto el deporte, quiero dejarlo claro. Lo que nunca he entendido es la escenografía que se monta alrededor: los llantos de directo, las peleas de bar, el discurso político que se cuela hasta en el resumen de la jugada. Todo eso me resulta, sencillamente, ridículo. Y llevo medio siglo pensándolo sin que nadie me haya convencido de lo contrario.
Y ahora me doy cuenta de que sigo siendo yo sola contra el mundo en esta casa, solo que ahora el mundo incluye también a mis hijos. Adolescentes los dos, se han pasado al otro bando sin avisar. De un verano a otro empezaron a quedar con sus amigos para ver los partidos, con la camiseta puesta, con el móvil grabando el gol para el grupo de WhatsApp. Y lo que más me duele, si soy sincera, no es el fútbol en sí: es que ya ni siquiera nos eligen a nosotros para verlo. Podríamos ofrecerles el salón entero, las mejores palomitas de la casa, sofá reservado con antelación — y aun así prefieren el sofá de otro, con amigos con los que sí se entienden sin traducción.
Esta noche tocaba el partido de la final, de esos que según dicen «no te puedes perder». Yo estaba dispuesta, lo juro. Había comprado hasta las palomitas. Pero los chicos ya tenían plan hecho con sus amigos, y antes de que yo terminara la frase «¿qué os parece si...» me dijeron: «Mamá, ya hemos quedado para verlo con los amigos». Se fueron con la excusa amable de siempre, esa que suena a «os queremos, pero no tanto como para veros gritarle a un televisor».
Así que aquí estamos, mi marido y yo, con la casa en silencio y dos opciones sobre la mesa: encender igualmente el televisor para un partido que ninguno de los dos necesita ver, o rendirnos con dignidad. Hemos elegido la segunda. Esta noche toca pizza casera, hecha entre los dos, con esa coreografía silenciosa de la pareja que lleva años repartiéndose la cocina sin necesidad de hablar: él estira la masa, yo pico el orégano, ninguno de los dos necesita preguntarle nada a un árbitro.
No sé si algún día mis hijos volverán a sentarse con nosotros a ver un partido. Puede que crezcan y descubran, como yo, que veintidós hombres corriendo por un campo no dan para tanto. O puede que no, y se queden para siempre del otro lado, como su padre.
Mientras tanto, esta noche, en esta casa, el marcador es otro: dos adultos, una pizza, ningún gol que celebrar y ninguna falta que lamentar. Fuera de juego, sí. Pero contentos de estarlo, juntos, los dos.
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