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Textos de MYMYSTONES

Foto del escritor: laolgaartista
laolgaartista
2 sept
3 min de lectura

Actualizado: 3 sept



¡¡PAR DE EGOÍSTAS!!


Esa noche mientras te miraba sonreír, hablar, ignorar y lastimar; quería seguir negando lo evidente... Era la última noche que vería pasar a tu lado. Quería seguir estando ahí, sin importarme que tanto me jodía saber que me ignorabas, que elegías otras risas, otros labios, otras conversaciones, otro consuelo, otro abrigo. Porque sí, en mi grandísima idea de que lo merecía por haber cometido una falta, justifiqué mucho tiempo tus ganas de lastimarme. 


¿A son de qué? si también habías elegido ser ese, en otro punto de tu vida, de nuestra vida?

 Y sííí. Lloré, lloré hasta cansarme, lloré hasta ahogarme, lloré hasta sollozar y un tanto más, hasta aliviar, lloré de culpa, lloré de hastío, lloré de rabia y también de resignación. Lloré en tu cara y no por querer que te sintieras merecedor de esa medalla, lo hice porque lo sentía, porque en verdad estaba al límite. 


Lloré cuál ser humano llora cuando acepta una derrota, lloré al besarte, no porque tus besos me fueran indiferentes si no todo lo contrario, pues los reconocí desde el primer día que te besé mi alma sintió esos besos ya de otras vidas, tanto que pude reconocerte. Y pude decir sí, sí en esta, sí a todo, sí contigo, sí por esta.


 Lloré al darme cuenta de que nuestro egoísmo nos hizo caer en en un punto casi sin retorno. Porque mientras yo me quedaba con más dudas, tú solo exigías respuestas.

 Par de Egoístas; sí hoy no me queda duda de que eso fuimos: un inmamable par de ojetes justificando acciones por salvar un ego herido. EGOÍSTAS; ¿Por EFECTO, O POR DEFECTO??! ¿¿¿EFECTO DE NUESTRAS ACCIONES Y OMISIÓNES... O DEFECTO, COMO MUCHOS OTROS DIGNO DE CUALQUIER SER HUMANO??? 

DA IGUAL POR CUAL MOTIVO HAYA SIDO;

AL FIN EGOÍSTAS.

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¿Sí valió verga?

Esa fue la pregunta que, con gran desfachatez, se atrevió a hacerme por mensaje de texto. Y, haciéndome pendeja, lo único que pude responder fue:

—¿Qué?

¿Y es que cómo se atreve a preguntar tal cosa?

No sé si dolió más recordar todos los actos previos o el cinismo de hacer semejante pregunta.

¡¡¿Qué si no valía verga más bien?!!

Pero lo que más me ahogaba de rabia era saber que yo seguía apostando todo. Todo por un nosotros. Por el conmigo. Por el estar a mi lado.

Seguía avante, pero no ciega ante sus errores, sus defectos y sus omisiones. Seguía por y con amor, por convicción y, aun en medio de todo aquello, también desde la codependencia.

Pero vivíamos en realidades completamente paralelas.

Él afirmaba que yo era consciente y que no tenía duda de lo magno de su:

—Te amo con el alma, lo sabes.

Mientras yo estaba viviendo de todo lo que se hacía… o no se hacía, en tiempo presente.

¿Acaso pretendía que yo diera por hecho su amor por lo que habíamos sido como enamorados al principio de nuestro andar?

Y ahí caí en cuenta de que, si la respuesta era sí, tristemente, todo lo que continuaba era como dar brazadas contra corriente.

La perfección era suya.

Y yo, solo un maniquí manipulable, preciso para usar en el momento en que él lo decidiera.

PINCHE VATO DE LA VERGA.

Eso era lo único que lograba repetir en mi cabeza mientras lo leía o lo escuchaba por llamada.

Pero algo era distinto esta vez.

Por fin ya no pregunté.

Ya no quise saber el porqué de sus groserías, de su burla, de su cinismo.

Y me atrevo a decir que todavía no sabía si aquello era producto de una resignación absoluta o, por fin, de mi propia voluntad y disposición a terminar de cerrarle las puertas.

Me sabía mamada de todas y cada una de sus “muestras” —inconscientes, quizá— de ME VALES VERGA.

Y aun con todo eso…

Yo seguía rogando sin decirle nada.

Seguía queriendo mirar esos ojos verdes y amarillos en los que, con una pizca de atención, lograbas ver un par de .

Aun cuando ya había tenido suficiente de todo aquello, quería besarlo, acariciar su espalda, su pecho; quería sentirme en ese cálido abrazo, piel con piel, después de una faena o después de un día cansado, nada más.

Porque era justo ahí donde estaba mi hogar.

Porque fue ahí, en absoluto, donde comencé a ser yo.

Libre de la pena.

Libre del miedo al rechazo.

Libre de la necesidad de buscar la aprobación del prójimo.

Entonces, cuando ya no quería que él viera ni sintiera lo mismo que yo —porque eso era solo nuestro—, me di cuenta de que la respuesta absoluta a su pregunta era:

¡¡SÍ!!

Sí valió verga.

 
 
 

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