Textos de SANGRE Y SEDA
Actualizado: 12 oct
El Tintero del Alma.
Siempre fuiste un enigma, una tormenta perfecta que se cernía sobre mi mundo monótono. Te veía danzar en la penumbra de mi mente, envuelta en un vestido que parecía una amalgama de tu propia sangre y la tinta más oscura, creando un torbellino de pasión y dolor con cada movimiento. Tu figura, recortada contra un cielo encapotado y amenazante, no era sino el reflejo físico de la tempestad que rugía dentro de mí. Un día, decidí que no podía ser un mero espectador.
Me convertí en el artesano de tu existencia, tallando la pluma de ave que te dibujaría para siempre. Con mano firme, guié cada trazo, cada curva de tu cuerpo, cada pliegue de tu vestido líquido. Sentía cómo mi propia esencia se derramaba en el papel, cómo mi amor y mi fascinación se fundían con tu belleza inalcanzable. Pero no solo te moldeaba en mi mente; también te daba vida en el papel. Mi tintero era la fuente de tu ser, la sangre que te alimentaba.
Cada palabra que escribía, cada verso que componía, cada suspiro que exhalaba, te confería forma, intensidad, realidad. Era un acto de amor desesperado, una forma de poseerte, aunque fuera en los confines de mi imaginación. El desenlace del relato se acercaba, y yo temía el momento en que la historia terminara. No quería que te desvanecieras, que te convirtieras en un recuerdo lejano. Pero la pluma seguía escribiendo, imparable, implacable.
El último punto final se avecinaba, y con él, el momento de la verdad. Cuando la pluma se detuvo, levanté la vista de la página, con el corazón resonando en mis sienes. Y allí estabas tú, frente a mí, real, viva, respirando en mi estudio. Mi creación había cobrado una autonomía perturbadora. No eras solo un dibujo en mi mente; eras una mujer de carne y hueso, con tus propios sueños, tus propios miedos, tus propios deseos.
Te miré a los ojos, esperando encontrar sorpresa, o tal vez gratitud por haberte dado la existencia. En su lugar, vi un reconocimiento profundo y una pizca de… ¿compasión? Y entonces, el mundo se disolvió a mi alrededor, revelando la verdad más insoportable. No eras mi creación, como yo creía con tanta arrogancia. Toda la historia, toda la pasión, todo este tiempo, había sido tú quien me había dibujado en tu alma, quien me había dado forma con tu tintero, quien me había hecho real con tu pluma
Yo no era el escritor. Yo era tu relato más largo, tu obsesión mejor escrita. Y mientras la punta de tu pluma vuelve a elevarse sobre el papel, me pregunto si en la siguiente línea decidirás borrarme o dejarme amar un poco más.
Sangreyseda_autor
Antes del alba
Te alcé hasta el borde de la encimera
Cuando la noche empezó a aclarar;
Tu muslo me ciñó la cadera
Y el aire, de golpe, se echó a temblar.
Mis brazos tatuados dibujan el mapa
Del hambre que habita bajo mi piel,
Mientras tu espalda de seda se escapa
Y vuelve a buscarme, sedienta y fiel.
Tus uñas de grana se hunden certeras,
Tu vestido negro es ya rendición;
No hay fronteras, no hay esperas,
Solo este impulso sin freno ni razón.
Te sostengo firme y te siento mía,
El reloj se rinde y deja de correr;
Mientras la ciudad, allá abajo, suspira,
Nos deshacemos hasta amanecer.
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Los Huesos del Tablero
El viento en la Sala del Gabinete olía a ceniza y a marfil quemado.
Durante eones, el Reino de las Dos Caras se alimentó de una mentira: que solo
podía quedar uno. De un lado reinaba el Rey de Ébano, tallado en la densidad
de las sombras, guardián de los errores que nadie enterró bien y de esa verdad
incómoda que solo se atreve a hablar a oscuras. Del otro, la Reina de
Alabastro, que perseguía la perfección con hambre de fanática, cegada por una
luz que no le dejaba ver las grietas de su propia piel.
Habían nacido para matarse. Ofrecieron peones de inocencia con las manos
aún tibias, torres de orgullo, alfiles de fe; se devoraron, reina tras reina, sobre
un tablero que nunca terminaba de secarse. Aquella guerra era lo más íntimo
que compartían. Se sabían de memoria: cada avance, cada retirada, cada
punto débil donde bastaba un aliento para hacer caer al otro. Se conocían el
modo de atacar como otros se conocen el cuerpo.
Pero la victoria no llegó. En el último tramo de la partida, con las escasas
piezas vivas temblando en sus casillas, la Reina sintió por primera vez el peso
de su corona clavándose en el cráneo. Tanta pureza era una tumba blanca.
—Nos hemos desangrado buscando un vencedor —susurró, rompiendo una
distancia de siglos—. Creí que, para ser pura, debía arrancarte de raíz. Al
negarte, solo conseguí volverme de piedra.
El Rey la observó desde su quietud de azabache. Sus ojos se detuvieron en el
pulso que latía bajo el alabastro de ella, en la curva del cuello, y no fingió que
no lo hacía. Había en su mirada una calma trágica, la de quien ha aprendido a
convivir con sus heridas abiertas, y debajo de ella, reprimido con esfuerzo, un
hambre antigua.
—El engaño nunca estuvo en las reglas, sino en la soberbia de los jugadores
—respondió, con una voz tan honda que la bruma se estremeció y a ella se le
erizó la piel—. Nadie abraza lo que no ha bajado a buscar en el abismo.
No hubo más palabras. Se inclinaron hacia el centro, despacio, y el aire entre
ambos se volvió espeso, casi húmedo. Cada casilla que cedían era una
rendición. Ella sentía el calor de él sin haberlo tocado, y comprendió que había
pasado siglos temiendo aquello que más había deseado. Dejó de contener el
aliento. Él dejó de contener todo lo demás.
Sus dedos de ébano se cerraron, lentos, sobre la muñeca de la Reina, y ella no
se apartó. Con la otra mano le retiró la corona y la dejó caer sobre el tablero,
como quien suelta un arma. El sonido se prolongó en la sala vacía. Sin ella, la
Reina era solo una mujer con el pelo revuelto y la respiración rota, mirándolo
desde abajo con los labios entreabiertos.
Los labios del Rey rozaron la frente de la Reina, y aquel gesto, tan leve, pesó
más que todas las capturas. Ella cerró los ojos. Sintió la boca de él detenerse
allí un instante que se le hizo eterno, y luego su aliento bajándole por la sien,
hasta la mejilla, hasta la comisura de los labios, sin llegar. No fue sumisión ni
tregua sellada con tinta: fue un pacto, y los pactos, entre ellos, siempre dejaban
cicatriz.
Al contacto con la sombra, ella comprendió que la fragilidad no quiebra la
fuerza: la templa, como el fuego templa el acero. Al recibir la luz, él comprendió
que el dolor no era una condena, sino la tierra oscura donde algo podía crecer.
Sobre el tablero, las figuras de madera y resina permanecieron inmóviles,
testigos mudos. La partida no acaba cuando un rey cae. Acaba cuando el
jugador deja de huir de sí mismo y apoya, por fin, las dos manos sobre la mesa.
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