Textos de SR.RAMIS
Carreño
Era invierno...
en la helada Asturias del 37; hacía poco que los falangistas de Franco habían llegado a Carreño. Ese recuerdo estaba aún fresco en nuestras mentes. Cómo nos hicieron cantar el «Cara al Sol» tras haber fusilado a los valientes hombres que habían luchado por la República y defendido la democracia con uñas y dientes. Habíamos tenido que perdonar de manera forzosa a aquellas sabandijas traidoras que alababan al falangismo y a Franco.
Ese día, Carreño había dejado de tener hombres fuertes y corajudos, o al menos, eso se decía en las calles.
En realidad, Carreño jamás dejó de luchar.
3 am
Me desperté alterado. Me había quedado dormido y en una hora tenía que estar sacando a pastar a las vacas del señor Barruelo.
Si no lo hacía, me despedirían y no me lo podía permitir. Desde que mi padre marchó a la guerra el verano del año pasado, de mi trabajo dependía la subsistencia de mi madre, mi abuela y mis 5 hermanas.
Hasta hace poco ninguna de ellas trabajaba, pero por suerte, ahora mi hermana mayor, Carmen, de 16 años, junto a Josefa, de mi misma edad, 15, mayor que yo por solo 2 horas, había empezado a trabajar en la sastrería como ayudantes.
Así pues, salí apresurado de casa. No sin antes coger un poco de pan duro que sobraba de anoche, queso roñoso que aún sobraba para acompañarlo, y unos huesos de pollo a los cuales les quedaba un poco de carne, sobrantes también de la cena de anoche, para mi perra.
Se llama Greta. Es lista, atenta y siempre cumple con lo que le digo, sin rechistar.
Greta siempre me ayuda con las vacas, sobre todo con las tozudas, y esta vez, tuve la sensación, en forma de punzada, que no sería diferente.
Mientras cruzaba los campos de cultivos que rodean el hogar de Barruelo, divisé a la lejanía, cómo dos hombres salían de su casa.
Eran dos hombres en traje, eso no era habitual, no por aquí. Además, no los reconocí, lo que me hizo preocuparme, los Orviz eran ya personas adineradas, y hasta donde yo sé sin ningún otro familiar más que ellos mismos. ¿Y si se querían aprovechar de ellos?
Me temía lo peor, por suerte, todo quedó en mi mente.
—Buenos días, señor Barruelo —anuncié nada más entrar por la vieja puerta de madera.
—Perdón por llegar tarde, estaba ayudando a la abuela Esperanza —mentí.
—Tranquilo, hijo, esta vez te perdono —dijo con una voz marcada ya por sus años, y añadió — Pero que no se repita.
Luego, intentando disimular un breve tartamudeo supongo yo debido a su avanzada edad, sonrió y volvió a hablar;
—Ve a sacar a pastar a las vacas hijo, que se te hace tarde, ya deberían haber salido, ya sabes que no les gusta mucho el día.
Así, tras haber saludado a su mujer, María del Carmen, me dispuse a salir de aquel lugar y cumplir con mi trabajo. No sin antes oír una última frase de Barruelo, quien, con su clásico tartamudeo dijo;
—No te preocupes hombretón, pronto, todo terminará.
Sabía perfectamente a qué se refería.
Él y su mujer tenían contactos, concretamente con algunos desertores del ejército de franco, sindicalistas de la UGT y algunos catalanes de la CNT, así como de la gloriosa STV, de quien mi padre, según mi madre me había contado, era afiliado.
Por el pueblo y sus estrechas calles, por los bares y por el mercado de Carreño, las malas lenguas decían que los Orviz planeaban retomar, mediante la fuerza, Carreño, y liberarlo de la falange.
Pero, mi deber era pastar sus vacas, no me debían incumbir sus planes fuera de su granja, ellos tenían su vida, y yo la mía, y mientras me pagaran…
Por ende, saqué las vacas a pastar.
Como de costumbre, todas se portaron bien, bueno, no todas.
Asturias, la más tozuda de las vacas, vaca de carne, y no de leche como las demás, de color marrón tiera y de manchas blancas, ojos negros como la noche y una lengua que parecía que hubiera sido cortada por la mitad verticalmente. Debido a una malformación al nacer, tan solo la mitad izquierda de esta se había desarrollado.
Así es la tozuda de Asturias, la razón por la cual llevo a Greta conmigo.
Asturias, la más rebelde de la granja, a diferencia de las demás, ella quería ser libre, no se conformaba con la vida de granja, quería ser una vaca libre, pero yo, no podía permitirlo.
Cuando, a poco más de la mitad del trayecto que habitualmente solíamos recorrer, intentó escaparse, bastó con que silbara para que Greta, mi pastor alemán preferido, se lanzara en su persecución.
Greta, así como Asturias, era especial. Mi perra, debido a algún problema durante su gestación y parto, según me había contado mi madre, no desarrolló ese color marrón característico en su pelaje. Por ende, Greta, en vez de ser marrón y negro era de color blanco y negro, siendo así, al menos que yo supiera, la única pastor alemán de estas características.
Y menos mal que, a pesar de sus colores fuera de lo habitual habíamos decidido adoptarla, no sé qué haría sin ella, lo hacía parecer tan fácil.
Con tan solo mordisquear un poco las patas de Asturias y ladrarle un rato logró que recapacitara y volviera a la vacada, donde las demás ya la esperaban.
Fue entonces cuando lo oí.
Ya había oído ese sonido muchas veces antes, ya estaba familiarizado con él, pero seguía helándome cada vez que lo oía, y seguía erizando los pelos de punta al escucharlo.
Creía que no tendría que oírlo de nuevo, ya veo que claramente me equivocaba.
Eran disparos, y sonaban cercanos.
No lo escuchaba desde que la falange tomó Carreño.
Entonces pensé que lo mejor sería que volviéramos directamente a la casa de los Orviz, sin tomar la desviación habitual que tomaría normalmente con el afán de llegar a la vacariza y dejar a las vacas allí hasta que los disparos cesaran. Podían ponerse nerviosas y no sería bueno que eso sucediese, ya que podrían darse a la fuga.
Tras hora, hora y media de trayecto llegamos al fin al hogar de los Orviz.
Allí dejé por fin a las vacas en sus correspondientes establos y decidí, una vez hecho esto último, que tomaría refugio también en la casa del señor Barruelo.
Me encontraba de camino a su morada cuando algo hizo retumbar todo. Esta vez no eran sólo disparos, que ya llevaban tiempo sonando, sino algo peor, era una explosión. Su sonido me ensordeció, y mi instinto me dijo; ¡Rápido Pelayo, al suelo!
Cerré los ojos, y ahí me quedé un rato, con las manos en los oídos, tratando de cubrir algo de ese ensordecedor sonido, y sintiendo el frío de la hierba mojada por el rocío mañanero, que ya quedaba lejos, pero que debido al frío no se había evaporado.
No se cuanto tiempo estuve allí estirado y paralizado del terror, fue, sin embargo, Greta, quien me sacó de mis plegarias con unos afables lametones.
Al entreabrir los ojos de nuevo, Asturias me recibió con su preciosa mirada de ojos negros y con su distintivo y familiar pelaje.
Me asusté como nunca lo había hecho al pensar en que podría pasar si lo que fuera que había causado esa explosión caía cerca de mí. Creo, que jamás he corrido como lo hice, yo y Greta corrimos como nunca hasta llegar al hogar de los Orviz. Tras lo que sentí como una eternidad, llegué.
Esperaba y deseaba ver a Barruelo y su mujer y que me explicaran qué estaba pasando, pero cuando entré por aquella puerta vieja y chirriante, rápidamente comprendí que estaba solo en aquella casa.
Sé perfectamente que no debería haber entrado sin permiso, pero en esa situación, lo único que necesitaba era cobijo, y ese era el único disponible.
No sé cuánto tiempo pasé allí adentro, sí sé que fueron unas cuantas horas pero no sé cuántas transcurrieron. Lo que sí recuerdo es como las pasé.
Tenía hambre, así pues, aún a sabiendas de que no debía, robé un poco de vino y pan de la despensa de los Orviz. Obviamente lo compartí con mi gran compañera Greta, que después de su exhibición con Asturias, se lo tenía merecido.
Diría que me arrepiento de haberlo hecho, pero no me gusta mentir.
De hecho si pudiera, lo volvería a hacer. No comía así desde hacía mucho tiempo, desde antes de que estallara la guerra de hecho.
Una vez acabé, me quedé allí, estirado y abrazado a mi perra.
≈ 8:30 am
Juraría que eran alrededor de las 8:30 cuando desperté, la luz del amanecer empezó a bañar, con un hermoso tono anaranjado la hasta entonces oscura casa.
Me había quedado, a pesar de los disparos y las explosiones, completamente sumergido en un profundo sueño. Los Orviz no habían llegado aún, y los disparos no habían cesado tampoco, así pues, viendo que la cosa iba para largo, aproveché para limpiar las migas del pan que había compartido con Greta, y deshacerme de la olivero ahora vacía botella de vino. La enterré en el patio de la casa, debajo del enorme carabayo que se erguía, imponente. Lo hice rezando para que no se dieran cuenta de la falta de ésta en la despensa. Y ahí me quedé, bajo el fresco de la sombra de las hojas del carabayo.
Unos veinte minutos después, mientras aún reposaba bajo aquellas hojas, empezó a sonar música de celebración. Música que coincidió, casi a la perfección, con el fin de los disparos y de las explosiones.
Fue entonces cuando me levanté, y volví a la casa. La idea era recoger a Greta, y volver a mi casa, mi madre debía de estar preocupada ya.
Diez minutos después de que la música empezará a sonar, cuando ya me estaba dirigiendo hacia aquella vieja puerta de madera, los Orviz aparecieron.
Barruelo, botella en mano, se tambaleaba al tratar de andar, incluso siendo ayudado por su mujer, le era difícil dar dos pasos seguidos.
Además, se comportaba como nunca lo había hecho, al menos que yo lo hubiera visto. Él, siempre respetuoso con las mujeres, especialmente con su mujer, se comportaba ahora de forma muy impertinente con ella. Aunque, a decir verdad, tanto él como ella estaban bebidos, y parecían de celebración.
—¡Chaval! ¡Lo hemos logrado! — exclamó, a pesar de su embriaguez.
Entonces fue cuando lo vi. Ambos, a sus espaldas, llevaban dos escopetas de cazador, muy comunes por Carreño.
—¡Toda la provincia se ha sublevado! — y prosiguió, alzando la botella — ¡Liberaremos Asturias del yugo falangista! ¡Expulsaremos a la tropa de Franco!
—¡Toda la provincia se ha sublevado! —y prosiguió...
Jamás olvidaré aquel día, ni todas las desgracias que le precedieron.
Bibliografía
Info sindicatos;
Diccionarios;
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